Historia de una esgrimista

Pasarse de lista es como pasarse de tonta: El día que perdí un vuelo para una Copa del Mundo 

21 de octubre de 2023

Probablemente hayan escuchado la frase ¨pasarse de lista es como pasarse de tonta¨. Pues sí, en muchas ocasiones es la frase que define mi historia. Muchas veces actúo como si me las supiese todas, pero la verdad que acaba resultando que muy poco sé. El chisme que les contaré hoy tuvo lugar en Italia. Obviaré la cara de ensoñación y su romantización del país de la pasta, porque siento decir que es irremediablemente caótico. Esas publicaciones en redes sobre ¨ojalá amaneciera en Italia con un café frente al Coliseo¨ deberían pensarse un poquito más. ¡Ave María! Llámenme odiadora, pero la verdad me quedo con mi isla del encanto y sus playas, su calor… En fin, nada de esto tiene que ver con la historia, pero se los quería dejar saber para que lo tengan en consideración.

Ese día caluroso estaba en Pisa y debía volar a Bucarest (capital de Rumania) para una competencia de inicio de temporada. Este país es de creación relativamente moderna, muchos dicen que funciona muy bien. La verdad, estaba muy entusiasmada, porque no es el típico país que se incluye en la lista de países a visitar (Francia, España, Italia, etc.) y estaba segura de que aprendería un montón. Para no seguir hablando cosas que no interesan… Inicio la anécdota. A las 14 de ese día, me dirigí a la estación de Pisa Central con algo de retraso, porque en este país –que yo siempre digo que está en decadencia- el transporte funciona lo que funciona (casi nada). Como iba tarde miré rápidamente las pantallas de salidas que me indicaron que el tren hacia Florencia (mi vuelo despegaba de allí) salía en dos minutos de la vía 4. Corrí rápidamente entre la multitud, bajé y subí escaleras con una velocidad que me dejó sin aliento. Tan pronto llegué me topé con el tren en la vía 4, siendo que el mío debía salir en un minuto me subí sin dudarlo. Dí un salto dentro de él y enseguida se cerraron las puertas y arrancó. Soy bastante inquieta, así que decidí preguntar a un hombre si efectivamente pasaba por Florencia. Su cara de confusión me lo dijo todo, POR SU PUESTO QUE NO. Miré en la aplicación y efectivamente había tomado un tren que estaba atrasado y que pasaba por el mismo binario que el mío. Con cero unidades de sorpresa, el mío también estaba atrasado. Así funcionan las cosas en este país, y el que no lo sepa es porque aún no lo ha experimentado. El señor muy amable, siendo que era un inmigrante en suelo italiano, me dijo que había una estación donde los dos trenes se paraban y allí podría hacer el cambio sin ningún problema, solo debía correr como una loca desquiciada nuevamente.

 Así fue, llegamos a la estación X (no recuerdo su nombre) y tan pronto se abrieron las puertas, el señor tiró mis maletas -literalmente- hacia fuera del tren para regalarme tiempo y que pudiese llegar al tren correcto a tiempo. Y nuevamente… corrí rápidamente entre la multitud, bajé y subí escaleras con una velocidad que me dejó sin aliento, pero llegué. ¿Saben eso que dicen que cuando un día empieza mal ya no hay marcha atrás y la cadena de sucesos se da de manera negativa? Pues, este solo fue el principio de mi travesía. 

Cuando milagrosamente llegué a Florencia me dirigí a la terminal de buses, para coger el bus que me llevaría al Aeropuerto de Peretola. No sé si han estado en una terminal de buses y se puedan imaginar que todos estaban estacionados en su espacio y arriba había un letrero electrónico que decía el número de estacionamiento y hacia donde si dirigía el bus que estaba estacionado allí. En la primera pantalla decía muy claramente BUS HACIA EL AEROPUERTO (en italiano claramente) y decidí colocar mi maleta y entrar. Nadie me preguntó nada, nadie me cobró nada. Así que decidí permanecer callada, porque eran unos euritos que me ahorraba.

El bus salió con normalidad, pero en la primera rotonda no tomó la salida al aeropuerto. Pensé rápidamente que algo andaba mal. Le pregunté a una señora con aquel buen italiano que me distingue, si acaso ese bus no iba al aeropuerto. Me dijo que no, que íbamos a un pueblo llamado Pari, sin s y sin Torre Eiffel. Sin dudarlo me dirigí hacia el primer piso del bus (no sé cómo no lo pensé antes, era claro que un bus tan elegante no podría ir al aeropuerto y menos en Italia) para preguntarle al conductor si me podía bajar lo antes posible. El señor, como buen italiano, me dijo que NO que era imposible bajarse hasta en una hora y media. Pues, según él si me bajaba antes de una parada oficial, podía ser atropellada. El pueblito estaba a 108.3 kilómetros de Florencia y lo peor del caso es que no existían buses de regreso. La única opción era llegar a Pari e irme hasta Siena y luego hacia Florencia. El que sepa un poco de geografía de la Toscana, puede calcular que mínimo ese trayecto en trasporte público se hace en 5 horas y que, por lo tanto, era prácticamente imposible llegar a mi vuelo que salía dentro de dos horas y media.

Empecé a llorar, se había formado el merequetengue. Los eurillos que me quería ahorrar me costaron perderme un vuelo y otros euros más. Una señora al ver mis mocos caídos decidió regalarme un pañuelo para que siguiese llorando y culpándome de mi tragedia. Luego de una hora larga, llegué a la parada de Pari, con aspecto de abandonada. Esperé como una hora más hasta que llegó el bus que me llevaría a Siena… el resto del camino fue largo, pero al menos llegué a mi apartamento en Pisa 7 horas luego de haber salido. Entonces, fue así como le di la vuelta a la Toscana sin querer hacerlo. Recuerden que: Pasarse de lista es como pasarse de tonta.

PD: El regaño de mi entrenador cuando llegué a la sala de entrenamiento el lunes fue aterrador. 

Historia de una esgrimista: Capítulo #5

1 de abril de 2021

Primera competencia nacional en Colombia, medalla de oro.

La marcha de nuestra entrenadora fue un revés tremendo, pero sacamos fuerzas de flaqueza para seguir nuestros entrenamientos y competiciones. Mi perseverancia aumentó cuando empezó la cuenta regresiva para llegar a ser ciudadana americana, seguía deshojando mi calendario: ya solo faltaban dos años. Una tarde charlando con mi mejor amiga, estaba muy entusiasmada contándole que en el 2018 podría representar a Puerto Rico. Lo que significaría que mi primera competencia internacional iba a ser en Barranquilla, sede de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Soñaba con ese evento, ya que significaba mi debut internacional y haciendo equipo con mis amigas. Para completar la cuadratura del círculo en la ciudad costeña que me vio nacer. No cabía en mí de la felicidad, sentía como si todo estuviese escrito para que sucediera así. En medio de la conversación nos interrumpió el vicepresidente de la Federación, y entrenador de mi club, y me dijo: “Laura, eso no va a poder ser porque la clasificación a los Juegos Centroamericanos es en el 2017, van solamente los que se clasifiquen”.  Mi corazón se partió de nuevo.

Llegué a mi casa con lágrimas en los ojos. Mientras le contaba todo a mis padres, les decía que iba a concretar mi elección de club en Colombia e iría a competir. Esto ya me lo había planteado en el 2012, cuando me dejaron fuera de las competencias en Puerto Rico, pero desistí porque mi sueño fue siempre representar al país que me formó como esgrimista. Mis padres me apoyaron en la decisión, incluso mi padre me dijo que él me acompañaría. Hice todas las averiguaciones con la Federación Colombiana de Esgrima y al ser costeña me dieron la información de las ligas de la costa colombiana: Atlántico y Bolivar. Contacté así con Fernando Molano, el impulsor de estas ligas, quien hizo todo lo posible para que estuviera en pistas colombianas lo más pronto posible.

A principios del año 2016, llegué a Bogotá para realizar mi primer torneo nacional colombiano. Recuerdo que estaba un poco nerviosa pero diciéndome que había llegado para disfrutar y ver cómo me iba con respecto a las demás tiradoras colombianas. Lo cierto es que, nadie tenía expectativas de que una caribeña pudiese hacer buena esgrima. En medio de mi calentamiento se acercaban a mí para preguntarme quién era yo. Recuerdo que la persona encargada de mí durante la competición me mostraba a mis contrincantes más fuertes y aquellas que eran miembros del equipo nacional. Mentiría si dijese que sonaba convencida de mis posibilidades, y con una sonrisa me decía que esta competencia era sobre todo para aprender.

Empezó la poule -fase de grupos- y obtuve una derrota. Pasamos al cuadro de eliminación directa y fui escalando por él hasta llegar a semifinales, para sorpresa de muchos. En el pase a la final me enfrenté contra una zurda, iba perdiendo por bastante diferencia mientras me preguntaba: ¿acaso mi pesadilla con los zurdos no se acabaría nunca? Por un momento pensé que ese sería el final de mi competición y que un tercer puesto, al fin y al cabo, no era tan malo. En ese instante fue cuando vi entrar a mi tía cargada con maletas, había llegado desde Barranquilla únicamente para verme. Me vino un pensamiento reflejo: “Laura mira todo el esfuerzo que han hecho para venir a verte, tú puedes ganar”. No me explico cómo tomé fuerzas de dónde no las tenía pero sí sé que remonté el combate y lo acabé ganando.

El combate final fue con una chica a la que estuve observando toda la competencia, su presencia trasmitía confianza y se veía una muchacha segura de si misma. Entonces pensé “bueno, quedar segunda es un buen resultado“, acto seguido me acordé de las palabras de mi entrenadora: “NO TE CONFORMES NUNCA”. Luché cada toque de esa final como ninguno hasta el 15-10 final, marcador a mi favor. Todos mis familiares presentes gritaron de alegría, mientras lo único que yo fui capaz de hacer fue llorar. Lloraba de tristeza, porque sabía lo que significaba ese resultado: no competiría nunca por Puerto Rico ni formaría equipo con mis amigas. La felicidad de ganar, no alejaba de mi cabeza esa dicotomía.

Combate de poule con María Sandoval
Podium de la competencia ( Paula Escobar -Antioquía- , Laura Guerra -Bolívar- , Ángela Orjuela -Bogotá- y Laura Sánchez -Valle- )

Historia de una esgrimista: Capítulo#4

19 de marzo de 2021

Una tarde poco después de mi apelación, llegó el presidente de la federación a la sala donde yo entrenaba para darnos una visita. Aproveché esa ocasión para preguntarle qué había sucedido con mi carta y cuándo recibiría una respuesta. Su respuesta fue: “lo siento, hemos perdido la carta”. Me quedé sin palabras. La Federación Puertorriqueña de Esgrima me ha extendido la mano a lo largo de mi carrera deportiva pero esa vez, y espero que no se malentienda, se equivocaron. Es algo que podría pasarle a cualquiera, pero no es menos cierto que podrían gestionar mejor la situación. Todas las federaciones de la zona tienen sus problemas y sus reglas, pero no logro entender por qué un atleta extranjero no puede competir en Puerto Rico. La casi totalidad de federaciones permiten tirar a atletas extranjeros, limitan como mucho la participación en el Campeonato Nacional.

Luego de ese mal trago llegué a mi casa triste, confundida y preguntándome si de verdad quería seguir haciendo esgrima. Mis padres, a los que para nada les gusta tener enfrentamientos, me dijeron que no me preocupara que por ahora no hiciéramos nada y que mi tiempo llegaría. Pasó el tiempo, en algunas competencias podía participar y en otras no. Siempre con la ausencia de explicación del porqué no podía competir. En las que si podía, siempre mantenía mi buen resultado, llegando a ser incluso con 14 años subcampeona nacional adulta. Desde el público siempre escuchaba “dónde está tu pasaporte” mientras estaba combatiendo y con las sucesivas risas al fondo. Eran los mismos que en un pasado hicieron todo lo posible para sacarme de la competición. En ese tiempo me enteré que antes de que enviaran la carta a la Federación estuvieron indagando sobre mi nacionalidad. Nunca fue una situación que surgiese de manera natural, sino que se dedicaron en exclusiva al esfuerzo de derribar a una rival la fuera de la pista.

Me abstraje de todo la situación y adopté la postura de la protagonista de la fabula que mi padre siempre me contaba: “la ranita sorda”. Y eso que me tocaba escuchar linduras como “haces esgrima solo por amor al arte”; no sé el objetivo de los mismos pero si sé que me hicieron más fuerte y me incentivaron a seguir entrenando más duro. No paraba de entrenar, dedicaba todo el tiempo que me sobraba luego de los estudios al entrenamiento. Durante una larga temporada me prepare con mi entrenadora Yamina, su esposo (exespadista del equipo nacional de Cuba) y mi entrenador: Enrique Salvat. Los años pasaban y, aunque me mantenía en las mejores posiciones a nivel nacional, me dolía mucho ver como mis amigas viajaban y representaban a Puerto Rico a nivel internacional. Siempre estuve apoyándolas, pero el desespero que sentía por poder salir yo a competir  era inmenso. 

Mi desesperación llegó hasta tal punto que busqué por varios medios cómo obtener un pasaporte puertorriqueño, para no tener que esperar tanto por el tramite de la ciudadanía americana. Mientras cavilaba mi participación por Colombia, me echaba para atrás la posibilidad de representar al país que me formó como deportista y el deseo inmenso que tenía de llegar a las pruebas por equipos junto a mis amigas. Al fin y al cabo es algo que muy poca gente tiene la suerte de conseguir. Durante este duro período siempre tuve el respaldo de todos mis entrenadores y de la directora de la Escuela de los Deportes. Intentaron siempre que me mantuviese bien emocionalmente y que mi amor por la esgrima no decayese. Incluso, mi primer trabajo fue gracias a ellos, durante este periodo fui entrenadora de los niños pequeños del club. Mientras enseñaba me convencía que valía la pena luchar contra viento y marea para seguir en un deporte tan especial como es la esgrima.

Por esa época llegó un día que marcaría la vida como esgrimistas de nuestro equipo de esgrima. Nos encontrábamos en la competencia de una de mis mejores amigas. Había clasificado a la final en la categoría cadetes y minutos antes de la final mi entrenadora nos dijo “tienes que ganar esto por mí, va a ser la última”. Todas nos miramos desconcertadas sin entender esas palabras y nuestros rostros se voltearon simultáneamente hacia ella buscando una explicación. Hizo una mueca de angustia, imagino que se había guardado esa información por mucho tiempo y no sabía como compartírnosla. Y es que, verdaderamente escoger ese momento para decirnos que se iba a Estados Unidos fue de todo menos previsible. Al final la situación surgió del hecho que habían llamado a su esposo para que fuese entrenador en Washington.

Los entrenamientos y competencias sin los gritos y ánimos de nuestra entrenadora no fueron igual. Aunque muchos decían que no eran las formas para desarrollar a un atleta,  lo cierto es que ella nos conocía y lo más importante sabía cómo a sus atletas les gustaba que se les enseñase, se les hablase y se les entrenase. Nos esperábamos que quien tomara la batuta no iba a defendernos y dar todo por nosotras, como lo hizo ella. Pero, siguió siendo muy difícil soportar el cambio. Sin embargo siempre seguimos trabajando porque eso era lo que ella quería: que siguiésemos siendo las mejores de Puerto Rico.

Historia de una esgrimista: Capítulo#3

12 de marzo de 2021

En el año 2013 me encontraba segunda a nivel nacional tanto en la categoría cadete como en la juvenil. Un segundo lugar que me persiguió sin compasión hasta el año 2015, fue ese año en el que por fin pude obtener el primer puesto en una competencia juvenil. La culpa de todo ese martirio la tenía mi compañera de equipo, zurda para más referencias. Cuanto llegué a odiar a las zurdas por esos días. Citando a Baby Morrison: “Yo sabía que los zurdos no van al cielo. Está bien que no vayan. ¿Por qué van a ser zurdos pudiendo ser derechos?

Desde muy pronto supe que no podía representar al país que me vio crecer y que me formó como esgrimista, ya que aún no era ciudadana americana. Aun así, confiaba en que mi tiempo llegaría y que cuando esto sucediese tendría la oportunidad de mostrar en las pistas el trabajo que había realizado durante los últimos siete años. Yo no lo sabía, pero ese mismo año empezó uno de los momentos más difíciles de mi carrera deportiva. La Federación Puertorriqueña de Esgrima anunció que el próximo Campeonato Panamericano Cadete y Juvenil iba a celebrarse en Puerto Rico. Del mismo modo, estableció que los atletas que representarían a la esgrima puertorriqueña serían los primeros cuatro mejores de cada arma al finalizar las competencias de la temporada. Esta noticia me golpeó totalmente, fui consciente que no iba a poder participar. Mi premio de consolación sería hacer esas competencias y cederle el puesto a quien estuviese mejor clasificada después de mí.

Las competiciones empezaron y me mantuve siempre en segundo lugar. Entrenaba día y noche y, aunque también hice fútbol en el colegio, la esgrima se llevaba siempre la mayor parte de mis esfuerzos y energías. Siempre sentí que el fútbol era como un amante que me entretenía mientras no podía estar con mi verdadero amor, la esgrima. Mientras tanto, saber que era la segunda mejor me daba fuerzas para seguir esperando mi hora de subirme a una pista de categoría internacional, estaba decidida a no desfallecer. 

El día antes de la última competencia del año, en las que se decidía la asistencia al Panamericano, la directora de la Escuela de los Deportes citó a mis padres. Cuando mi papá me preguntó el porqué de la citación, yo muerta de miedo no le supe responder. “¿Qué habré hecho?”, me preguntaba sin parar. Entramos a su oficina y ella nos explicó que la Federación Puertorriqueña de Esgrima había enviado una carta diciendo que yo no podía participar más en las competiciones porque “quitaba la posibilidad a una puertorriqueña para que se pudiera clasificar”.  En ese momento mi mente se quedó en blanco, no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Empecé a preguntarme para qué yo entrenaba si no podía competir ni tan siquiera a nivel nacional. La directora me explicó que padres de otros clubes se habían quejado ante la Federación diciendo que el reglamento de ella establece que los atletas extranjeros no pueden participar en las competiciones nacionales. Me invadió el coraje, no comprendía cómo podía existir gente que su único afán fuese conseguir sus objetivos sin importar a quien se llevan por medio. Ganar fuera de las pistas lo que no conseguían dentro de ellas, estrategia cuanto menos floja si de lo que se trataba era conseguir ganar internacionalmente.

Cuando llegué a mi casa triste, le comentamos la situación a mi tía, pues ella había estudiado leyes en Colombia. Ella se empeñó en leer el reglamento y se dio cuenta que la norma se refería a “atletas invitados” y no extranjeros. Lo cierto es que yo realmente no era una atleta invitada, yo pagaba mi cuota a la Federación y toda mi vida había competido a nivel nacional. Decidimos que lo mejor era responder con una carta explicando todas las inconsistencias que veíamos en esa “reclamación”. El tiempo pasaba pero no recibíamos respuesta.  

Semanas antes de la inauguración del panamericano, se realizó un acuartelamiento de cara a esa competición y yo estaba segura que iría a entrenar con el equipo nacional. Lo pensaba sobre todo porque mi entrenadora sabía mi situación y no me quería dejar por fuera de tan importante evento. Lastimosamente, esta vez no pudo hacer nada para incluirme, no me pudo llevar. Definitivamente quedaba por fuera. Cuando me enteré de esta noticia estaba en mi cuarto y mi rabia fue enorme, entre gritos y lagrimas no pude contenerme y comencé a tirar todo lo que me encontraba en el camino. Sentía que me robaban lo que más quería, sin razón ninguna. Después de esa escena, mi madre trató de tranquilizarme mientras me explicaba que mi tiempo llegaría, aunque yo aún no lo entendiese. Estaba desesperada en la respuesta de aquella apelación. 

«The Dream Team» en la Copa Olímpica 2012

Historia de una esgrimista: Capítulo#2

5 de marzo de 2021

Mis primeros años en esgrima me depararon aprender el valor de la amistad, convertirme en una persona luchadora, valiente y decidida; y sobre todo conseguir vencer el protector de pecho con el que estuve luchando un año, no sé muy bien cómo, pero siempre me lo ponía al revés. Mi etapa de iniciación estuvo a cargo de dos atletas pertenecientes al equipo nacional de Puerto Rico; pero, quien me colocó en guardia y me enseñó la técnica de la esgrima fue Enrique Salvat Aragón, El Profe, como le llamamos de cariño, el entrenador que le insistió a mi madre en que yo tenía talento.  

Mi primera competencia me decepcionó por completo porque quedé fuera de las medallas, curiosamente por una mala suma del directorio técnico. Me lo tomé como un reto y me propuse ganar en la siguiente competición. Volviendo al tema de la suma, no piensen que es una simple excusa pues fue mi papá quien lo corroboró, él es profesor de matemáticas y no tengo ninguna duda que ese señor que calcula el cambio del supermercado en unos segundos se hubiese equivocado. En el deporte siempre existirán derrotas, algunas justas y otras menos justas, pero todas conforman ese deportista en el que finalmente nos convertiremos. 

 Cuando tenía 10 años comencé a ser parte de las atletas más destacadas en categorías inferiores. El profe tenía como parte de su método de aprendizaje que asistiésemos a competencias de categorías superiores. De esta manera sumaríamos experiencias y al volver a combatir con las niñas de nuestra edad, se nos facilitaría conseguir buenos resultados. Algunos estarán en descuerdo con este método, argumentando que quizás puede desmotivar al niño pero a mí, y al resto de mis compañeras, nos funcionó. Así fue como las competencias con los adultos acababan en pelas, así como las nuestras, pero en este caso el marcador a nuestro favor. 

Los buenos resultados dan sed de más, fue así como seguí entrenando para llegar a lo más alto del pódium. El primer puesto no lo conseguí hasta mis 12 años. Recuerdo con suma claridad ese día, mi padre dio con la tecla definitiva para motivarme al decirme: “si ganas el oro te levanto el castigo que tienes”. El castigo, que me había dado una semana antes, consistía en CERO MINUTOS de celular por haberle respondido mal en algún momento. Ese día pude ganarle a la niña, llamada Natalia, que más me complicaba los combates y que me causó hasta un pequeño trauma. Ese primer oro de mi carrera deportiva fue el que me enseñó que todo, con esfuerzo y perseverancia, se puede conseguir. 

 A medida que iba creciendo me incluyeron en el grupo de avanzados, donde tuve la dicha de ser la alumna de Yamina Salvat Vives, la hija de mi entrenador. Mi maestra Yamina se ocupaba del florete femenino. Tenía un empeño para que sus atletas fuesen las mejores a nivel nacional realmente admirable. Nos levantábamos a las cinco de la mañana para hacer preparación física, luego ella nos repartía a cada una en su colegio, pura dedicación;  y todas las tardes hacíamos asaltos. Eso durante el invierno y los veranos, ya sin escuela, no teníamos descanso. Una planificación de entrenamientos muy soviética, salpimentada, como no podía ser de otra forma, por la garra cubana. Se fue convirtiendo en nuestra segunda mamá, mientras nosotras nos convertíamos en las mejores de Puerto Rico.

Historia de una esgrimista: Capítulo #1

Una mini yo esgrimista con nueve años

26 de febrero de 2021

A menudo he sentido que mi vida puede ser fuente de inspiración de memes, sospecho que alguno que otro incluso se viralizaría. Lo cierto es que, muchas de esas situaciones son a causa de acciones realizadas con impulsividad y decisiones tomadas a la ligera por mi parte. Sin embargo, lo que narraré a continuación no tiene otro culpable que mi lugar de nacimiento, ese que uno nunca escoge. 

Nací en Barranquilla, Colombia, y a la edad de dos años y tres meses llegué a Puerto Rico. Mi padre nos esperaba con una sonrisa llena de amor, había llegado a la isla un año antes que nosotras preparando el terreno para nuestra llegada. Mis papás realizaron su maestría en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Mayagüez, al oeste de la isla. Cuando la culminaron, los cinco, pues yo ya tenía a mis dos hermanos menores, nos trasladamos al área metro. Para ese entonces, yo acababa de cumplir 9 años.

Los primeros meses me sentía un poco perdida, acababa de entrar en un colegio bilingüe y no sabía ni dar los buenos días en inglés. Todos los niños me parecían diferentes y ellos me veían diferente, cosas de ser hija de uno de los maestros. Mi mamá para sacarme de la monotonía me dijo que debía hacer algo por las tardes. Se acercó a mi cuarto un día que yo estaba aburrida en mi cama y me preguntó si me gustaría estar en una escuela de arte o de deporte. No fue difícil escoger, porque eso de dibujar no se me da nada bien y como toda colombiana: el deporte era para mi algo natural. Le respondí que quería hacer natación o voleibol, el deporte más de moda entre todas las muchachas de mi colegio.

Un tiempo y varios papeleos después, resultó que debía hacer dos pruebas para ingresar a la Escuela de los Deportes de Carolina. La primera era una prueba física y la segunda una prueba del deporte que practicaría. En la prueba física me fue muy bien, incluso, entrenadores de otros deportes se acercaron a mí y me propusieron que me fuera a su especialidad. La propuesta del entrenador de tenis de mesa la descarté ya que la raqueta no me llama nada la atención; en el caso del taekwondo, creo que mi impulsividad agradece no haber tomado clases. 

Así fue como me quede con los dos vales que decían muy claro: natación y voleibol. A la salida, mi madre me felicita y me comenta “nena (es mi nombre de cariño), ¿y si no quedas en ninguno de los dos deportes?”. No hubiese sido extraño, siendo una escuela especializada, muchas veces escogen a personas que tengan un poco de idea sobre el deporte seleccionado. Yo en ese momento no sabía nadar y mucho menos pegarle como una profesional a una pelota de voleibol (como si hacen muchas puertorriqueñas a esa edad). En eso estábamos cuando se acercó un señor y nos dijo “si no queda en ningún deporte, llévemela para esgrima. Yo tengo buen ojo y ella puede ser una buena esgrimista”. Mi mamá recibió esas palabras con una enorme sonrisa, mientras yo me preguntaba qué era aquello de “esgrima”. Ya en el carro, le pregunté cuál era ese deporte y ella me respondió “el deporte de las espadas, te muestro cuando lleguemos a la casa”. 

Recuerdo con total claridad esas imágenes que vimos en internet de dos personas combatiendo. Confieso que no me entusiasmó mucho, porque la verdad no entendía bien los movimientos y era la primera vez que lo veía. Aun así le comenté: “ok, voy a hacer la prueba”. El primer examen fue el de natación, recuerdo la cara de decepción de la entrenadora cuando no pude ni tan siquiera hacer croll con un mínimo de elegancia. La  segunda prueba fue la de voleibol, entrando en la cancha veía niñas mucho más grandes que yo y haciendo, según los ojos de una niña de 9 años, unos remates de nivel olímpico. La guinda del pastel fue cuando mi saque pasó por debajo de la red cayendo a la derecha de la cancha.

El jueves siguiente tuve la prueba de esgrima y desde el primer momento que me puse en guardia, me enamoré. Las semanas pasaron y un día recibí la carta de matrícula para comenzar a practicar esgrima. Años después la Escuela de los Deportes me brindó una beca de estudio y trabajo, la curiosidad me llevó a revisar mi expediente y en él decía que me aceptaban en dos deportes: natación y esgrima. Me sorprendió gratamente porque siempre pensé que no había pasado ninguna otra prueba, debido a que solo me llegó la carta de esgrima. El destino sin duda alguna guardaba algo para mí.

11 comentarios sobre “Historia de una esgrimista

  1. Felicitaciones Laurita, que buenos recuerdos me trajo tu escrito. Yo estuve con ustedes en esa época y me acuerdo que el señor de esgrima le insistió mucho a tu mamá que tenías madera para el esgrima. Y no se equivocó. Sigue adelante.👏

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